miércoles, 29 de junio de 2011

Conjugaciones de Ivvone Bordelois

vienen las velas blancas de la noche
son emisarias de playas adonde nunca fuimos
donde no iríamos irías
en mi memoria el color de tu deseo
como tardes de magnolia fuscata en la casa que fuimos
que fuéramos seríamos
te vi te vimos no estabas o estuviste
pero alguna vez supiéramos supimos que acaso habrías estado
estando sin estar y te alejabas habiéndote alejado y alejándote
besándome y habiéndome besado como yo te besé y te besaría
sin haberte besado pero entonces
habrás llegado llegaste y has llegado siempre llegas
pero también te vas, irías y te has ido
mientras te abrazo, abrazas, abrazábamos

jueves, 23 de junio de 2011

LO “INASIBLE” EN POESÍA


                                                                                                   
Si quieres saber donde está un electrón
tienes que verlo
Para verlo
necesitas que la luz lo golpee
La luz
al contactar con el electrón
lo desplaza
Así que nunca sabes
dónde estaba el electrón
                                                                                                              Heisenberg

LECCIÓN SOBRE EL AGUA



                                                                                                 
Este líquido es agua
Cuando pura, es inodora, insípida e incolora.
Reducida a vapor,
A presión y a alta temperatura
Mueve los émbolos de las máquinas, que, por eso
se denominan máquinas de vapor.
Es un buen disolvente.
Aun con excepciones, pero de un modo general
Disuelve bien todo: ácidos, bases y sales.
Congela a cero grados centígrados
Y hierve a cien bajo presión normal.
Fue en ese líquido que en una noche cálida de verano
Bajo un resplandor gomoso y blanco de camelia
Apareció flotando el cadáver de Ofelia
Con un nenúfar en la mano.
                       
                                          Antonio Gedeño.

CANCIÓN DE AMOR DE LA GEOGRAFÍA. Ivonne Bordelois


Cómo me gustaría ser tu amor
y besarte en tu pecho de Aconcagua
subirme por tus piernas hasta el Delta del Tigre
cómo me gustaría ser tu Vilcabamba
y abrazarte por todo el Chimborazo 
y ser toda la noche tu Uritorco
y besarte entre las cejas Cacharí     
y trepar por tu cuello Chivilcoy      
y ovillarme por siempre en tu Tegucigalpa
cómo me gustaría ser tu Curuzú Cuatiá   
acariciando tu Mandisoví
cómo quisiera
que ninguna Catamarca te arrancara de mis brazos
para que fueras todo mi Ecuador

hasta que Ushuaia nos extinga, vida mía,
Yaví del Cerro, mi Aconquija, Huinca Renancó.
                            
                                           Gracias a Norma Graciela Cardozo por este aporte.


sábado, 20 de noviembre de 2010

Mentir

Mentir

por María Teresa Andruetto
¿Qué puede hacer una niña tímida, de ocho, nueve, diez años, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿Y qué hay en su casa? Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría, y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber, saber cómo se hacen las cosas, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la Tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros inmensos que, sin duda, no comprendía, con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas —NocturnoChabelaIdiliofilm— que había, a montones, en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, mis diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando anécdotas, historias, para contárselas a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, contaba como propias. Iba a la escuela cada mañana, y en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio y les contaba a mis compañeras de entonces algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que esas historias no me pertenecían, que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no sabía era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.

El árbol de lilas

El árbol de lilas


Para Alberto

UNO

     Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.
Ilustración de Liliana Menéndez
     Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de trabajar y hacer dinero?
     Y el hombre le contestó:
     Espero.
Ilustración de Liliana Menéndez
     Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
     Y el hombre le contestó:
     Espero.
Ilustración de Liliana Menéndez
Ilustración de Liliana Menéndez
     Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
     Y el hombre le contestó:
     Espero.

     Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser feliz?
     Y el hombre le contestó:
     Espero.


DOS

     Ella salió de su casa.
     Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
     Miró rápidamente al hombre.
     Al árbol.
     Pero no se detuvo.
     Había salido a buscar, y tenía prisa.

     El la vio pasar,
     alejarse,
     volverse pequeña,
     desaparecer.
     Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.

     Ella fue por el mundo a buscar.
     Por el mundo entero.
Ilustración de Liliana Menéndez
     En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
     ¿Sos el que busco?
     Lo siento, pero no,
dijo el hombre con las manos de seda.
     Y se marchó.

     En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
     ¿Sos el que busco?
     No lo creo, me voy,
dijo el hombre con los ojos de agua.
     Y se marchó.

     En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
     ¿Sos el que busco?
     Te esperaba hace tiempo, ahora no,
dijo el hombre con los pies de alas.
     Y se marchó.

     En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
     ¿Sos el que busco?
     No, no soy yo,
dijo el hombre con la voz quebrada.
     Y se marchó.

TRES

     Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
     Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
     La gitana la miró y le dijo:
     El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.

     Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de alas y al que tenía la voz quebrada.
     Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
Ilustración de Liliana Menéndez
     Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
     Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
     ¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?
Ilustración de Liliana Menéndez
     Y el hombre dijo con la voz quebrada:
    Te espero.
     Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua,
    la acarició y ella supo que tenía las manos de seda,
    la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.

Liliana Beatriz Menéndez es artista plástica e ilustradora de libros para niños. También escribe y publica artículos y pequeños ensayos acerca del tema de la ilustración en los libros para niños, lectura de imágenes y análisis de obras de autores-ilustradores. Es miembro del Foro de ilustradores. Ilustró más de 60 libros para niños y sus ilustraciones más conocidas son las que realizó para los libros de Graciela Montes en las colecciones de Mitología Griega y los Cuentos de las Mil y una Noches. Actualmente vive y trabaja en Córdoba, su lugar de nacimiento. Su página web es: www.lilianamenendez.com.ar y sus correos son: lilianamenendez@hotmail.comliliana@lilianamenendez.com.ar

Artículos relacionados:

La hermana de la Bella Durmiente

De Los Caballeros de la Rama

Textos extraídos, con autorización del autor y los editores, del libroLos Caballeros de la Rama. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2003; colección Próxima Parada Alfaguara, Serie Azul.
© Marcelo Birmajer
© Editorial Alfaguara

La hermana de la Bella Durmiente

I
Los padres de la Bella Durmiente celebraban el cumpleaños número quince de su segunda hija.
Veinte años atrás, su primogénita, los mismos reyes y toda la población de Palacio se habían salvado, gracias al beso del príncipe, del sueño eterno en el que los había sumido la maldición de la bruja Agatha —también conocida como el Hada Mala—. Maldijo a Bella, la primogénita, en su cumpleaños número quince, precisamente por no haber sido invitada a la fiesta. La condenó a dormir por siempre en cuanto se pinchara con una aguja. De no ser por el beso en los labios del príncipe Romo, aún estarían durmiendo.
Los reyes habían recibido el nacimiento de Bella como un milagro, puesto que por entonces llevaban muchos años de casados sin que la Providencia los hubiese bendecido con la llegada de un hijo. Y luego de que el príncipe anulara el hechizo, al poco tiempo dieron al reino la buena nueva de que un hijo más venía en camino. Fue una hermosa princesita a la que llamaron Sofía. Ahora cumplía quince años.
Las horribles circunstancias del cumpleaños número quince de Bella habían escarmentado a los reyes, Flavio y Adriana. Ya sabían que no bastaba con todo el poder ni el dinero ni los guardias del mundo para garantizar la seguridad de sus hijas. Pero, aunque nada fuera suficiente, debían precaverse con inteligencia y astucia para que el destino de las jóvenes fuera lo más seguro posible.
Por ello, para el cumpleaños número quince de Sofía convocaron al reino al profesor Strogonoff, quien estaba reputado en toda Europa como sabio prominente, experto en estrategia, seguridad y trato con los poderes extraterrenales.
El profesor Emil Strogonoff era un hombre de cincuenta años, de muy buen ver, con una tupida barba blanca, y una mirada intensa y brillante. Llegó a Palacio en un carro tirado por dos caballos, acompañado por cuatro guardias del reino de Basilea, de donde provenía, y a llegar al sendero real se le sumaron cuatro guardias montados más, enviados por Flavio y Adriana.
Luego de una opípara merienda, el sabio durmió una necesaria siesta, y por la noche, luego de la cena —porque mientras se come no se trabaja—, Flavio, Adriana y Emil Strogonoff se reunieron en la Sala de Conferencias real para debatir el tema: cómo asegurar el buen transcurrir de la fiesta de quince años de Sofía.
Strogonoff pidió todos los documentos referidos al cumpleaños número quince de Bella, a Agatha y a las Hadas Buenas.
—Es evidente —les dijo el sabio a los reyes— que vuestra preocupación deviene del mal trance vivido hace veinte años, cuando el cumpleaños número quince de vuestra primogénita. Lo primero que debemos evitar es que se repitan semejantes sucesos.
Flavio y Adriana asintieron.
Los tres conversaron horas sobre cada uno de los detalles que habían precedido a la ceremonia, a la aparición intempestiva de Agatha y a la maldición. El profesor Strogonoff leyó una vez más los documentos delante de los reyes y, no contento con ello, se llevó los papeles a la cama.
—Mañana por la mañana —dijo el profesor—, luego del desayuno, les recomendaré un plan de acción.
Los reyes pasaron una mala noche, aguardando con ansiedad la sugerencia del sabio.
Al día siguiente, como había prometido, luego de los canapés de lengua de ruiseñor y la leche con licor que los reyes acostumbraban desayunar, Strogonoff presentó su plan de seguridad.
II
—Quizá mi idea les resulte pueril o infantil —dijo el profesor—. Pero a menudo los peligros más difíciles se alejan con las respuestas más simples. Lo sé por mi servicio a las órdenes de buena parte de los poderosos de la Tierra: reyes, emperadores y hombres ricos o ilustres. Por todo lo leído y conversado, tengo para mí que el único peligro real cercano que hoy afrontamos es la misma Agatha. Aún vive y ansía venganza. Es cierto que a lo largo de su vida la princesa Sofía enfrentará muchos otros peligros —no podemos prever la mayoría de ellos—, y para entonces, si la buena fortuna lo quiere, ella ya estará casada, protegida por un gran señoir, y será lo suficientemente grande como para saber precaverse o bien recurrir a mí de nuevo, que estaré siempre a vuestras órdenes. Pero el desafío de la presente hora es impedir que en la próxima fiesta, en la flor de su edad, la princesa Sofía sufra un destino semejante al de vuestra primera hija. Por lo tanto, mi consejo es invitar a la bruja Agatha a la fiesta.
III
El rey y la reina casi se caen para atrás en sus confortables sillones.
Sabían que la bruja vivía, pero tenían la esperanza de no volver a verla por el resto de su vida. ¿Invitarla a la fiesta, nada menos... ¡a la responsable de la peor tragedia que habían vivido!?
—Pero... pero... —tartamudeó el rey Flavio, que nunca tartamudeaba—. ¿Cuál es el sentido de invitar a nuestra peor enemiga a la más importante de nuestras fiestas?
—Mis queridos reyes —respondió Strogonoff con la calma que lo había hecho célebre. Ustedes saben tan bien como yo que la bruja Agatha lanzó su maldición sobre Bella con motivo de no haber sido invitada a la fiesta. Pues... ¡prevengámonos! Invitémosla a la fiesta de Sofía y quitémosle todo motivo para atentar contra la familia real. Deben saber, vuestras majestades, que la paz se hace con los enemigos. No hace falta hacerla con los amigos, pues con ellos ya existe una relación pacífica. Les recomiendo invitar a Agatha, como si fuera otra de las brujas buenas. Más vale tenerla de invitada que de enemiga.
Los reyes pidieron al profesor tiempo para meditar su consejo.
Se retiraron a la alcoba real y regresaron cuando Strogonoff terminó su almuerzo. El profesor les pidió permiso para retirarse a su siesta diaria antes de recibir la respuesta real, y sus anfitriones se lo concedieron. Por la tarde, Flavio y Adriana respondieron que aceptaban el consejo: invitarían a Agatha a la fiesta.
IV
No se recordaba en el reino una fiesta tan fastuosa, elegante y cálida desde la boda de Bella.
De todos los reinos, de todos los imperios, e incluso de aquellos países donde ya no había reyes ni emperadores concurrieron invitados: gentes de la corte, grandes dignatarios, científicos e historiadores de escasos recursos económicos. También, por supuesto, las tres hadas buenas: Marcia, Flora y Azulina.
Como a todos los invitados, los reyes hicieron llegar a Agatha una tarjeta enmarcada y bordada en oro, convocándola al cumpleaños de quince de Sofía. Pero cuando ya el banquete promediaba, la bruja no se había hecho presente.
Flavio la aguadaba con enfermiza ansiedad, pero Adriana comenzaba a concebir la esperanza de que no concurriera. Emil Strogonoff mantenía su impasible calma.
Para los postres, poco antes de que Adriana se dispusiera a decir unas breves palabras y regalara a su hija una corona de oro y perlas, y una provincia oriental; poco antes de que las tres hadas buenas bendijeran a la quinceañera con dones sobrenaturales, un rayo siniestro atravesó el gigantesco salón y apareció Agatha flotando justo en el medio entre el piso de plata y el techo de mármol.
—Malditos —gritó—. Malditos los reyes, malditos los invitados y maldita la homenajeada.
Flavio tragó sin masticar el trozo de pastel que tenía en la boca: ¿acaso no le había llegado la invitación? ¡Tres pajes y dos guardias le aseguraron que la había recibido la bruja en persona!
Strogonoff miró con severidad a la reina Adriana: ¿acaso no habían seguido su consejo, no la habían invitado?
Fue Adriana, demostrando la profundidad de la oculta valentía de las mujeres, la que se atrevió a responderle con un grito de madre injuriada:
—Te hemos invitado a nuestra fiesta, Agatha. Como a todos, te enviamos una tarjeta enmarcada y bordada en oro. ¿Por qué no ocupas tu lugar en la silla, lo que te ha sido ofrecido en buena ley, en lugar de amenazarnos sin sentido?
—Claro que me habéis invitado, desdichados. He llegado un poco tarde, pero de todos modos antes de que termine la fiesta. A tiempo para condenar a tu hija a que duerma eternamente no bien se pinche con una aguja.
Proferida la maldición, lanzó un nuevo rayo, sólo sobre Sofía, que la hizo brillar malsanamente durante un segundo. Las hadas, una vez más, nada podían hacer para romper ese hechizo.
Flavio, alentado por la valentía de su esposa, gritó a la bruja:
—¡Cómo te atreves, ingrata! En la fiesta anterior nos dijiste que tu furia se debía a que no te habíamos invitado... ¿Por qué nos atacas ahora?
Agatha se tomó un instante para responder, como si lo pensara, y habló con indolencia:
—He descubierto algo sobre mí misma y creo que tal vez ustedes debieron haberlo sabido antes que yo: soy mala porque sí. No me importa si me invitan o no a sus fiestas; maldeciré a cada una de sus hijas.
—Tiene toda la razón, Majestad —dijo Strogonoff sin perder la calma—. Reintegraré vuestros honorarios y abandonaré mi profesión. Definitivamente, hace falta más que un estratega para vencer el enigma del Mal.

Los Caballeros de la Rama

Romo acababa de cumplir veintitrés años cuando los Caballeros de la Rama llegaron a Palacio. Viajaban por el mundo en grupos de entre seis y diez. A menudo eran perseguidos por otros grupos de guerreros, por individuos solitarios e incluso por criaturas desconocidas, cuya existencia no era fácilmente comprobable. Se decía que los había perseguido durante un año un dragón, y que cada vez que se lanzaban a la mar eran acechados por un gigantesco monstruo marino para el que los hombres no tenían nombre. La rama que llevaban consigo era realmente un prodigio: se trataba de una rama de manzano, con tres manzanas rojas, henchidas, a punto de caer. La llevaban como la habían llevado sus abuelos, sus tatarabuelos y ancestros aun más lejanos, hasta donde se perdía el rastro. La rama era la misma. Hacía cientos de años que se mantenía madura y firme, igual que sus frutos. Por algún motivo, muchos otros hombres y criaturas deseaban la misma rama, pero los Caballeros de la Rama nunca habían perdido su dominio. Merlín lo pensó un buen rato antes de permitirles pasar la noche en Palacio. No sentía ninguna predilección por ellos, pero tampoco quería enemistarse. Averiguó si en aquel preciso momento los estaba persiguiendo algún otro grupo enemigo, y en tal caso si existían riesgos reales. Los guardias y espías informaron a Merlín que no había enemigos humanos a la vista, pero corrían rumores de que un ave gigantesca, con cuerpo de murciélago y cabeza de león, perseguía a los Caballeros de la Rama aquel año. Merlín desmereció la supuesta noticia agitando una mano.
—Créanme —les dijo a sus guardias y espías—. Cuando uno realmente se interna en los secretos de la magia, termina volviéndose un escéptico. A mi edad, ya no creo en rumores: no creo en nada acerca de lo que se murmure. Las cosas realmente imposibles que me han pasado en la vida me han ocurrido sin que nadie me las avisara. Y todas aquellas acerca de las cuales me habían advertido nunca me ocurrieron. Dejad pasar pues a los Caballeros de la Rama. Bajad el puente y decidles que son bienvenidos. Por mí, los dejaría dormir bajo los árboles del bosque. Pero si no representan ningún peligro, ¿para qué enemistarnos con ellos?
Los guardias obedecieron.
A diferencia del calmo y cuidadoso Merlín, Romo estaba totalmente excitado. Había escuchado hablar de los Caballeros de la Rama desde que tenía uso de razón. Su difunto padre le había contado acerca de ellos sin demasiado detalle. Pero eran el comentario de todos los niños, de los adolescentes y de los jóvenes: los Caballeros de la Rama no sólo se transmitían la tarea del cuidado de la rama de padres a hijos; también, en ocasiones, sumaban a un joven lo suficientemente valiente y agudo.
Romo había soñado, en su infancia —igual que todos sus escasos amigos— con ser uno de los Caballeros de la Rama. Durante la adolescencia había descartado este anhelo como una fantasía infantil, y en los primeros tramos de su juventud lo había olvidado. Pero ahora, a los veintitrés años, aburrido del Palacio, y también un poco de su propia vida, volvía a sentirse un niño. Los Caballeros de la Rama recorrían el mundo. Eran recibidos por reyes y emperadores. Conocían princesas —incluso noviaban con ellas— y nunca se casaban. Los casados debían renunciar al cuidado de la rama. Pero, claro, a menudo arriesgaban sus vidas por la rama, y no siempre con éxito. Por eso no eran más que entre seis y diez.
Romo no cabía en sí de la excitación. Quería hablar un rato con cada uno, que lo vieran espadear y galopar. También que lo escucharan.
Finalmente, por la noche, los seis caballeros entraron al salón de cenar, donde Romo y Merlín los aguadaban. Uno de ellos, sin armas, llevaba la rama en la mano. Romo se acercó hasta el metro permitido: las manzanas parecían listas para ser comidas; la rama tenía nudos, algún que otro pequeño tajo que dejaba ver una madera verdosa, fresca, y exhalaba la fragancia de las primicias. Era un verdadero milagro. Los cinco caballeros restantes portaban una espada gruesa a un lado de la cintura y una larga y fina al otro; también una lanza en la mano, que apoyaron junto a la silla para comer. Vestían muy bien, y se comportaban como hombres educados, pero había en sus movimientos y hasta en el tono de sus voces una cierta brutalidad que no podían ocultar. Romo les preguntó por sus historias y vidas.
—Majestad —dijo en un momento el mayor—, algunos de nosotros somos hermanos, otros primos, con algunos no tenemos relación de sangre. Pero a todos nos une un parentesco: somos capaces de morir por la rama. Desde pequeños, nos han enseñado a ser héroes. Cada vez menos hombres en el mundo, Majestad, están dispuestos a morir por una idea.
Las pupilas de Romo brillaron.
—¿Qué requisitos debe uno cumplir para convertirse en uno de los Caballeros de la Rama? —preguntó Romo.
—No más que estar lo suficientemente convencido —contestó el que le seguía en edad al primero que había hablado.
Comieron y bebieron, y Romo no dejó de hacer preguntas acerca de cómo sumarse al grupo. Al llegar la medianoche, cada cual marchó a sus aposentos; seguirían camino al alba.
Romo no se dirigió a su habitación. Permaneció en la sala de reuniones, tratando de hojear unos libros, bebiendo té de a ratos y haciendo esgrima con su sombra.
—¿Te irías con ellos si te lo propusieran? —preguntó Merlín, que entró, como pocas veces hacía, casi como una aparición en la sala.
—No lo dudaría un segundo —respondió Romo, poniendo la espada paralela a su propia pierna.
—¿Sabes, Romo, amigo mío? Te sorprendería la cantidad de gente que está dispuesta a dar la vida por algo. Lo que hace valiosa una idea no es que uno esté dispuesto a dar la vida por ella, sino la posibilidad de vivir con ella. Lo mismo vale para una casa, un río o una mujer. Uno puede dar la vida por cualquier cosa y sentirse un héroe; pero los verdaderos héroes son los que nos ayudan a vivir, no los que están dispuestos a morir por cualquier cosa. ¿Morir por una idea? ¿Cuál es el mérito? Pero vivir con una idea, eso sí que es una proeza. Labrar la tierra, construir una casa, formar una familia, es una tarea harto más difícil que morir por cualquiera de esas cosas. ¿Dime para qué sirve esa rama? Esas manzanas ni siquiera pueden comerse. Y déjame decirte algo sin que me escuchen: ¿tienes la plena seguridad de que esa rama es verdaderamente un prodigio y no un truco de los Caballeros de la Rama, que la cambian sin que nadie lo sepa, año tras año, estación tras estación, para tener por qué morir y darles sentido a sus vidas vacías?
El té de Romo se había enfirado, el libro se había cerrado sin que pudiera marcar la página y la sombra parecía haberle ganado el combate de esgrima. Merlín se fue a dormir sin que el muchacho pudiera contestarle. Romo se durmió en el sillón de la sala de reuniones, y no cumplió con lo que se había prometido a sí mismo: despertar antes del alba para darles el último adiós a los Caballeros de la Rama.

Artículos relacionados: