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miércoles, 18 de junio de 2014

EL SAPO Juan José Arreola


Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. 
Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.

viernes, 16 de mayo de 2014

Anthony Burgess La naranja mecánica (fragmento)

" El cheloveco que estaba sentado a mi lado -había esos asientos largos, de felpa, pegados a las tres paredes- tenia una expresión perdida, con los glasos vidriosos y mascullando slovos, como "De las insípidas obras de Aristóteles, que producen ciclámenes, brotan elegantes formaniníferos" Por supuesto, estaba en otro mundo, en órbita, yo sabía cómo era eso, porque lo había probado como todos los demás, pero en ese momento me puse a pensar, oh hermanos, que era una vesche bastante cobarde. Tú estabas ahí después de beber el moloco, y se te ocurría el meselo de que las cosas a tu alrededor pertenecían al pasado. Todo lo veías clarísimo -las mesas, el estéreo, las luces, las niñas y los málchicos- pero era como una vesche que solía estar allí y ya no estaba. Y te quedabas hipnotizado por la bota, o el zapato o la uña de un dedo, según el caso, y al mismo tiempo era como si te agarraran del pescuezo y te sacudieran igual que a un gato. Te sacudían sin parar hasta vaciarte. Perdías el nombre y el cuerpo, y te perdías tú mismo, y esperabas hasta que la bota o la uña del dedo se te ponían amarillas, cada vez más amarillas. Más tarde, las luces comenzaban a estallar como átomos, y la bota o la uña del dedo, o quizá una mota de polvo en los fundillos de los pantalones se convertían en un mesto enorme, grandísimo, más grande que el mundo, y era el momento que iban a presentarte al viejo Bogo o Dios, y entonces todo concluía. Gimoteando volvías al presente, con la rota preparada para llorar a grito pelado. Todo era muy hermoso, pero muy cobarde. No hemos venido a esta tierra para estar en contacto con Dios. Esas cosas pueden liquidar toda la fuerza y la bondad de un cheloveco. "


lunes, 19 de septiembre de 2011

“El mar” - Jorge Luis Borges




Antes que el sueño (o el terror) tejiera 
Mitologías y cosmogonías, 
Antes que el tiempo se acuñara en días, 
El mar, el siempre mar, ya estaba y era. 
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento 
Y antiguo ser que roe los pilares 
De la tierra y es uno y muchos mares 
Y abismo y resplandor y azar y viento? 
Quien lo mira lo ve por vez primera, 
Siempre. Con el asombro que las cosas 
Elementales dejan, las hermosas 
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera. 
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día 
Ulterior que sucede a  la agonía. 

EL AGUA



Miryam Colombotto
Llueve casi con timidez.
Cierro la puerta a otros ruidos
para oír sólo el sonido del agua.
La canción de cuna más antigua
que adormeció la tierra;
el eterno tema
que lava el alma hasta dejarla
despojada.
Me arraigo a este paisaje
como un árbol sediento
y permito que ella camine
por mis sentimientos
en todas direcciones.
Y consiento
que intente hallar los límites.
Yo
no los encuentro...

jueves, 23 de junio de 2011

LECCIÓN SOBRE EL AGUA



                                                                                                 
Este líquido es agua
Cuando pura, es inodora, insípida e incolora.
Reducida a vapor,
A presión y a alta temperatura
Mueve los émbolos de las máquinas, que, por eso
se denominan máquinas de vapor.
Es un buen disolvente.
Aun con excepciones, pero de un modo general
Disuelve bien todo: ácidos, bases y sales.
Congela a cero grados centígrados
Y hierve a cien bajo presión normal.
Fue en ese líquido que en una noche cálida de verano
Bajo un resplandor gomoso y blanco de camelia
Apareció flotando el cadáver de Ofelia
Con un nenúfar en la mano.
                       
                                          Antonio Gedeño.

jueves, 4 de junio de 2009

18. GUERRA QUÍMICA. Guerra química. Juan Coletti. Cuentos Regionales Argentinos. Ed. Colihue. Bs.As. 1994

Salieron de las cuevas subterráneas silenciosas y atentas. La enceguecedora luz barría el contorno de sombras y sorprendió a la vanguardia. Sus cuerpos eran delgados y fuertes, armonizados por la ascesis de una voluntad colectiva y omnipotente. Atisbaron el horizonte y aspiraron la fresca brisa. Lejos se divisaban los luminosos pétalos del árbol del Aroma, rojos y carnosos, sobre cimbreantes tallos protegidos de espinas. Un poco más allá, la amplia y generosa copa del Árbol del Pan ondulaba bajo la vacilante mano de la brisa. Casi invisibles, entrecortados por la bruma de la lejanía podía divisarse de vez en cuando a miembros del comando de técnicos que se habían adelantado horas antes para demarcar el área de recolección.
Abajo, en húmedos y templados aposentos bullía la vida en familia de las exploradoras, junto a los depósitos de alimentos, las maternidades que incubaban miles de hijos futuros y los pequeños recintos donde se guardaba el precioso ganado del que obtenían el néctar de la alegría, meta de su esperanzado retorno.
Observaron la vieja huella que conducía al próximo valle; vieron cómo el viento apretaba sobre la hierba multitud de cadáveres calcinados. Un sentimiento de pánico recorrió la prieta columna de obreras que aguardaba la oren de avanzar. Leves contactos de sus cuerpos, a modo de diálogo codificado, la ponían en condiciones para una efectiva receptividad. Toda la energía y el poder de la voluntad era para la causa del trabajo de la comunidad. Nada que no fuera el sacrificio les era permitido. La modestia de un trabajo inacabable y el holocausto de la propia vida eran frutos del instinto de su naturaleza racial más que propósitos de la inteligencia individual. Así, la proximidad de la muerte, como tributo de extraordinario potencial de sacrificio, carecía para ellas de mayor significado.
Los cuerpos armoniosos y perfectos permanecían casi inmóviles aguardando la orden y cuando la señal vibrátil llegó, una multitud emergió de las catacumbas y enfiló hacia las verdes praderas para tomar cuanto cada una podía y transportarlo con rapidez hacia la ciudad subterránea. Los guijarros y las agujas de los pinos gigantes entorpecían el paso. Sin embargo, nada era más fuerte que una voluntad común y perfecta sincronizada con la invisible computadora de la raza. Ni los relámpagos de la luz que provenían del espacio, ni el esfuerzo hasta el límite, ni el quemante polvo que a tantas generaciones había destruido, era impedimento para esta nueva invasión. Se desplegaron hábilmente por el valle y treparon por los gigantescos árboles arrancando las fornidas hojas, los pétalos perfumados del Árbol del Aroma, y las combinaciones de tejidos y maderas, semillas y hebras, según el ordenamiento previo de los superiores. Mientras un grupo cortaba, otro iniciaba el regreso sintiendo el sobrepeso insoportable, inmutables ante la distancia a recorrer, despreciando la alternativa de la muerte.
De pronto, un sonido inesperado estalló en el aire, al tiempo que una sombra voluminosa multiplicó el efecto de la luz sobre las sombras, formando una tormenta de pánico, sobre la caravana. Las más fuertes trataron de llegar apresurando el paso y sosteniendo con fuerza la carga sobre sus hombros. Otras, débiles y atemorizadas, procuraban ocultarse entre las altas hierbas que bordeaban el camino. Los gritos de los guardianes imponiendo el orden fueron aplastados por el áspero rugido que llegaba del cielo y antes que pudieran guarecerse, una lluvia fina y pestilente cayó sobre el camino y las cubrió. Quisieron correr, limpiarse el ceniciento manto que se adhería a sus paralizados miembros. La asfixia y el terror les provocaba en segundos una muerte dolorosa. Unas tras otras, las formidables atletas sucumbieron junto a los ennegrecidos cuerpos de las que habían integrado las expediciones anteriores, víctimas del mismo mal. Una suave brisa barría los cadáveres y el fruto de su inacabable faena.
-¡Malditas! , no dejaré una sola con vida- vociferaba el jardinero, mientras continuaba desparramando hormiguicida en el jardín.

20. LA HORMIGA. De Marco Denevi

20. LA HORMIGA. De Marco Denevi

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)