jueves, 4 de junio de 2009

18. GUERRA QUÍMICA. Guerra química. Juan Coletti. Cuentos Regionales Argentinos. Ed. Colihue. Bs.As. 1994

Salieron de las cuevas subterráneas silenciosas y atentas. La enceguecedora luz barría el contorno de sombras y sorprendió a la vanguardia. Sus cuerpos eran delgados y fuertes, armonizados por la ascesis de una voluntad colectiva y omnipotente. Atisbaron el horizonte y aspiraron la fresca brisa. Lejos se divisaban los luminosos pétalos del árbol del Aroma, rojos y carnosos, sobre cimbreantes tallos protegidos de espinas. Un poco más allá, la amplia y generosa copa del Árbol del Pan ondulaba bajo la vacilante mano de la brisa. Casi invisibles, entrecortados por la bruma de la lejanía podía divisarse de vez en cuando a miembros del comando de técnicos que se habían adelantado horas antes para demarcar el área de recolección.
Abajo, en húmedos y templados aposentos bullía la vida en familia de las exploradoras, junto a los depósitos de alimentos, las maternidades que incubaban miles de hijos futuros y los pequeños recintos donde se guardaba el precioso ganado del que obtenían el néctar de la alegría, meta de su esperanzado retorno.
Observaron la vieja huella que conducía al próximo valle; vieron cómo el viento apretaba sobre la hierba multitud de cadáveres calcinados. Un sentimiento de pánico recorrió la prieta columna de obreras que aguardaba la oren de avanzar. Leves contactos de sus cuerpos, a modo de diálogo codificado, la ponían en condiciones para una efectiva receptividad. Toda la energía y el poder de la voluntad era para la causa del trabajo de la comunidad. Nada que no fuera el sacrificio les era permitido. La modestia de un trabajo inacabable y el holocausto de la propia vida eran frutos del instinto de su naturaleza racial más que propósitos de la inteligencia individual. Así, la proximidad de la muerte, como tributo de extraordinario potencial de sacrificio, carecía para ellas de mayor significado.
Los cuerpos armoniosos y perfectos permanecían casi inmóviles aguardando la orden y cuando la señal vibrátil llegó, una multitud emergió de las catacumbas y enfiló hacia las verdes praderas para tomar cuanto cada una podía y transportarlo con rapidez hacia la ciudad subterránea. Los guijarros y las agujas de los pinos gigantes entorpecían el paso. Sin embargo, nada era más fuerte que una voluntad común y perfecta sincronizada con la invisible computadora de la raza. Ni los relámpagos de la luz que provenían del espacio, ni el esfuerzo hasta el límite, ni el quemante polvo que a tantas generaciones había destruido, era impedimento para esta nueva invasión. Se desplegaron hábilmente por el valle y treparon por los gigantescos árboles arrancando las fornidas hojas, los pétalos perfumados del Árbol del Aroma, y las combinaciones de tejidos y maderas, semillas y hebras, según el ordenamiento previo de los superiores. Mientras un grupo cortaba, otro iniciaba el regreso sintiendo el sobrepeso insoportable, inmutables ante la distancia a recorrer, despreciando la alternativa de la muerte.
De pronto, un sonido inesperado estalló en el aire, al tiempo que una sombra voluminosa multiplicó el efecto de la luz sobre las sombras, formando una tormenta de pánico, sobre la caravana. Las más fuertes trataron de llegar apresurando el paso y sosteniendo con fuerza la carga sobre sus hombros. Otras, débiles y atemorizadas, procuraban ocultarse entre las altas hierbas que bordeaban el camino. Los gritos de los guardianes imponiendo el orden fueron aplastados por el áspero rugido que llegaba del cielo y antes que pudieran guarecerse, una lluvia fina y pestilente cayó sobre el camino y las cubrió. Quisieron correr, limpiarse el ceniciento manto que se adhería a sus paralizados miembros. La asfixia y el terror les provocaba en segundos una muerte dolorosa. Unas tras otras, las formidables atletas sucumbieron junto a los ennegrecidos cuerpos de las que habían integrado las expediciones anteriores, víctimas del mismo mal. Una suave brisa barría los cadáveres y el fruto de su inacabable faena.
-¡Malditas! , no dejaré una sola con vida- vociferaba el jardinero, mientras continuaba desparramando hormiguicida en el jardín.

19.Edipo Rey de Sófocles

“ESFINGE:
¿Cuál es el animal que camina en cuatro pies por la mañana,
en dos al mediodía y en tres por la tarde?

EDIPO:
El hombre, ya que al nacer gatea,
luego anda en dos pies y finalmente agrega un bastón en la vejez”

Sófocles (496-406 a.C). Poeta trágico Griego
Edipo era hijo de Layo, rey de Tebas, y de Yocasta. Layo, el padre, fue avisado por un oráculo de que sería muerto por su hijo, y por lo tanto hizo abandonar a Edipo cuando aún era un recién nacido, sobre el monte Citerón, después de haberle taladrado un pie con un clavo (de ahí le viene el nombre, pues en griego "Edipo" significa "pie hinchado", por la marca que le dejó aquella antigua herida). Recogido por unos pastores, fue llevado al rey de Corinto, que lo educó como un príncipe. Cuando llegó a ser hombre, consultó con un oráculo, que le aconsejó que no volviese nunca a su patria porque estaba destinado a dar muerte a su padre y a casarse con su madre si allí volvía.
No creyendo tener más patria que Corinto, se alejó de aquella ciudad pero encontró en el camino a Layo, matándolo a consecuencia de una disputa. Desde ya, en ese momento no supo que se trataba de su padre.
Mientras tanto, por aquella época asolaba los alrededores de Tebas un animal con cuerpo de león y cabeza humana que, entre los egipcios, representaba al sol: era la Esfinge. Su costumbre era devorar a todo aquel caminante que no pudiese ganarle una partida de ajedrez mediante el enigmático Zugzwang. Al encontrar a Edipo le planteó igual acertijo: “Haz que al obligarme a jugar yo pierda”. Edipo, diestro jugador de ajedrez desde la niñez, comprende la esencia de dicho enigma y en maratónica partida termina derrotando a la Esfinge, quien vencida y furiosa, se precipita al mar.
Creón, sucesor de Layo, había prometido el trono y la mano de Yocasta (cuyo nombre significa en griego "la que sobresale por su hijo") a quien librara del monstruo a la comarca. Como Edipo lo logra fue coronado rey, y se casó con su madre sin saberlo.
Finalmente, cuando Edipo se entera por un oráculo de la verdad, Yocasta se ahorca mientras que Edipo, tras arrancarse los ojos, huye de Tebas guiado por su hija Antígone.

20. LA HORMIGA. De Marco Denevi

20. LA HORMIGA. De Marco Denevi

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)