jueves, 4 de noviembre de 2010

Las abejas de bronce Marco Denevi (Argentina, 1922- 1998)


  Desde el principio del tiempo el Zorro vivió de la venta de la miel. Era, aparte de una tradición de familia, una especie de vocación hereditaria. Nadie tenía la maña del Zorro para tratar a las Abejas (cuando las Abejas eran unos animalitos vivos muy irritables) y hacerles rendir al máximo. Esto por un lado.
  Por otro lado el Zorro sabía entenderse con el Oso, gran consumidor de miel y, por lo mismo, su mejor cliente. No resultaba fácil llevarse bien con el Oso. El Oso era un sujeto un poco brutal, un poco salvaje, al que la vida al aire libre, si le proporcionaba una excelente salud, lo volvía de una rudeza de maneras que no todo el mundo estaba dispuesto a tolerarle.
  (Incluso el Zorro, a pesar de su larga práctica, tuvo que sufrir algunas experiencias desagradables en ese sentido. Una vez, por ejemplo, a causa de no sé qué cuestión baladí, el Oso destruyó de un zarpazo la balanza para pesar la miel. El Zorro no se inmutó ni perdió su sonrisa. (Lo enterrarán con la sonrisa puesta, decía de él, desdeñosamente, su tío el Tigre.) Pero le hizo notar al Oso que, conforme a la ley, estaba obligado a indemnizar aquel perjuicio. 
—Naturalmente —se rió el Oso— te indemnizaré. Espera que corro a indemnizarte. No me alcanzan las piernas para correr a indemnizarte.
  Y lanzaba grandes carcajadas y se golpeaba un muslo con la mano. 
—Sí —dijo el Zorro con su voz tranquila—, sí, le aconsejo que se dé prisa, porque las Abejas se impacientan. Fíjese, señor. 
  Y haciendo un ademán teatral, un ademán estudiado, señaló las colmenas. El Oso se fijó e instantáneamente dejó de reír. Porque vio que millares de abejas habían abandonado los panales y con el rostro rojo de cólera, el ceño fruncido y la boca crispada, lo miraban de hito en hito y parecían dispuestas a atacarlo. 
—No aguardan sino mi señal —agregó el Zorro, dulcemente—. Usted sabe, detestan las groserías. 
  El Oso, que a pesar de su fuerza era un fanfarrón, palideció de miedo. 
—Está bien, Zorro —balbuceaba—, repondré la balanza. Pero por favor, dígales que no me miren así, ordéneles que vuelvan a sus colmenas. 
—¿Oyen, queriditas? —dijo el Zorro melifluamente, dirigiéndose a las Abejas—. El señor Oso nos promete traernos otra balanza. 
  Las Abejas zumbaron a coro. El Zorro las escuchó con expresión respetuosa. De tanto en tanto asentía con la cabeza y murmuraba: 
—Sí, sí, conforme. Ah, se comprende. ¿Quién lo duda? Se lo trasmitiré. 
  El Oso no cabía en su vasto pellejo. 
—Qué es lo que están hablando, Zorro. Me tienes sobre ascuas. 
  El Zorro lo miró fijo. 
—Dicen que la balanza deberá ser flamante. 
—Claro está, flamante. Y ahora, que se vuelvan. 
—Niquelada. 
—De acuerdo, niquelada. 
—Fabricación extranjera. 
—¿También eso? 
—Preferentemente Suiza. 
—Ah, no, es demasiado. Me extorsionan. 
—Repítalo, señor Oso. Más alto. No lo han oído. 
—Digo y sostengo que… Está bien, está bien. Trataré de complacerlas. Pero ordénales de una buena vez que regresen a sus panales. Me ponen nervioso tantas caras de abeja juntas, mirándome. 
  El Zorro hizo un ademán raro, como un ilusionista, y las Abejas, después de lanzar al Oso una última mirada amonestadora, desaparecieron dentro de las colmenas. El Oso se alejó, un tanto mohíno y con la vaga sensación de que lo habían engañado. Pero al día siguiente reapareció trayendo entre sus brazos una balanza flamante, niquelada, con una chapita de bronce donde se leía: Made in Switzerland.) 
  Lo dicho: el Zorro sabía manejar a las Abejas y sabía manejar al Oso. Pero ¿a quién no sabía manejar ese zorro del Zorro? 
  Hasta que un día se inventaron las abejas artificiales. 
  Sí. Insectos de bronce, dirigidos electrónicamente, a control remoto (como decían los prospectos ilustrativos), podían hacer el mismo trabajo que las Abejas vivas. Pero con enormes ventajas. No se fatigaban, no se extraviaban, no quedaban atrapadas en las redes de las arañas, no eran devoradas por los Pájaros; no se alimentaban, a su vez, de miel, como las Abejas naturales (miel que en la contabilidad y en el alma del Zorro figuraba con grandes cifras rojas); no había, entre ellas, ni reinas, ni zánganos; todas iguales, todas obreras, todas dóciles, obedientes, fuertes, activas, de vida ilimitada, resultaban, en cualquier sentido que se considerase la cuestión, infinitamente superiores a las Abejas vivas. 
  El Zorro enseguida vio el negocio, y no dudó. Mató todos sus enjambres, demolió las colmenas de cera, con sus ahorros compró mil abejas de bronce y su correspondiente colmenar también de bronce, mandó instalar el tablero de control, aprendió a manejarlo, y una mañana los animales presenciaron, atónitos, cómo las abejas de bronce atravesaban por primera vez el espacio. 
  El Zorro no se había equivocado. Sin levantarse siquiera de su asiento, movía una palanquita, y una nube de abejas salía rugiendo hacia el norte, movía otra palanquita, y otro grupo de abejas disparaba hacia el sur, un nuevo movimiento de palanca, y un tercer enjambre se lanzaba en dirección al este, et sic de ceteris. Los insectos de bronce volaban raudamente, a velocidades nunca vistas, con una especie de zumbido amortiguado que era como el eco de otro zumbido; se precipitaban como una flecha sobre los cálices, sorbían rápidamente el néctar, volvían a levantar vuelo, regresaban a la colmena, se incrustaban cada una en su alvéolo, hacían unas rápidas contorsiones, unos ruiditos secos, trie, trac, cruc, y a los pocos instantes destilaban la miel, una miel pura, limpia, dorada, incontaminada, aséptica; y ya estaban en condiciones de recomenzar. Ninguna distracción, ninguna fatiga, ningún capricho, ninguna cólera. Y así las veinticuatro horas del día. El Zorro se frotaba las manos. 
  La primera vez que el Oso probó la nueva miel puso los ojos en blanco, hizo chasquear la lengua y, no atreviéndose a opinar, le preguntó a su mujer: 
—Vaya, ¿qué te parece? 
—No sé —dijo ella—. Le siento gusto a metal. 
—Sí, yo también. 
  Pero sus hijos protestaron a coro: 
—Papá, mamá, qué disparate. Si se ve a la legua que esta miel es muy superior. Superior en todo sentido. ¿Cómo pueden preferir aquella otra, elaborada por unos bichos tan sucios? En cambio ésta es más limpia, más higiénica, más moderna y, en una palabra, más miel. 
  El Oso y la Osa no encontraron razones con qué rebatir a sus hijos y permanecieron callados. Pero cuando estuvieron solos insistieron: 
—Qué quieres, sigo prefiriendo la de antes. Tenía un sabor… 
—Sí, yo también. Hay que convenir, eso sí, en que la de ahora viene pasterizada. Pero aquel sabor… 
—Ah, aquel sabor… 
  Tampoco se atrevieron a decirlo a nadie, porque, en el fondo, se sentían orgullosos de servirse en un establecimiento donde trabajaba esa octava maravilla de las abejas de bronce. 
—Cuando pienso que, bien mirado, las abejas de bronce fueron inventadas exclusivamente para nosotros… —decía la mujer del Oso. El Oso no añadía palabra y aparentaba indiferencia, pero por dentro estaba tan ufano como su mujer. 
  De modo que por nada del mundo hubieran dejado de comprar comer la miel destilada por las abejas artificiales. Y menos todavía cuando notaron que los demás anímales también acudían a la tienda del Zorro a adquirir miel, no porque les gustase la miel, sino a causa de las abejas de bronce y para alardear de modernos. 
  Y, con todo esto, las ganancias del Zorro crecían como un incendio en el bosque. Tuvo que tomar a su servicio un ayudante y eligió, después de meditarlo mucho, al Cuervo, sobre todo porque le aseguró que aborrecía la miel. Las mil abejas fueron pronto cinco mil; las cinco mil, diez mil. Se comenzó a hablar de las riquezas del Zorro como de una fortuna fabulosa. El Zorro se sonreía y se frotaba las manos. 
  Y entretanto los enjambres iban, venían, salían, entraban. Los animales apenas podían seguir con la vista aquellas ráfagas de puntos dorados que cruzaban sobre sus cabezas. Las únicas que, en lugar de admirarse, pusieron el grito en el cielo, fueron las arañas, esas analfabetas. Sucedía que las abejas de bronce atravesaban las telarañas y las hacían pedazos. 
—¿Qué es esto? ¿El fin del mundo? —chillaron las damnificadas la primera vez que ocurrió la cosa. 
  Pero como alguien les explicó luego de qué se trataba, amenazaron al Zorro con iniciarle pleito por daños y perjuicios. ¡Qué estupidez! Como decía la mujer del Oso: 
—Es la eterna lucha entre la luz y la sombra, entre el bien y el mal, entre la civilización y la barbarie. 
  También los Pájaros se llevaron una sorpresa. Porque uno de ellos, en la primera oportunidad en que vio una abeja de bronce, abrió el pico y se la tragó. ¡Desdichado!
  La abeja metálica le desgarró las cuerdas vocales, se le embutió en el buche y allí le formó un tumor, de resultas del cual falleció al poco tiempo, en medio de los más crueles sufrimientos y sin el consuelo del canto, porque había quedado mudo. Los demás Pájaros escarmentaron. 
  Y cuando ya el Zorro paladeaba su prosperidad, comenzaron a aparecer los inconvenientes. Primero una nubecita, después otra nubecita, hasta que todo el cielo amenazó tormenta. La cadena de desastres quedó inaugurada con el episodio de las peonías de la Gansa. Una tarde, al vaciar una colmena, el Zorro descubrió entre la miel rubia unos goterones grises, opacos, repugnantes. Los probó con la punta del dedo y los halló amargos y de un olor nauseabundo. Tuvo que tirar toda la miel restante, que había quedado contaminada. Y estaba en eso cuando la Gansa entró como un huracán. 
—Zorro —silabeó—, ¿recuerdas aquellas peonías artificiales con que adornaba el porch de mi casa y que eran un recuerdo de mi finado marido? ¿Las recuerdas? Y bien: mira lo que tus abejas han hecho de mis peonías. 
  Alzó una mano. El Zorro miró, vio una masa informe, comprendió y, como buen comerciante, no anduvo con rodeos. 
—¿Cuánto? —preguntó. 
—Veinte pesos —respondió la Gansa. 
—Quince. 
—Veinticuatro. 
—Dieciséis. 
—Veintiocho. 
—¿Estás chiflada? Si crees que esto es la Bolsa… 
—No creo que sea la Bolsa. Pero hago correr los intereses. 
—¡Basta! Toma tus veinte pesos. 
—Treinta y dos. 
—Está bien, no sigas, me rindo. 
  Cuando la Gansa, recontando su dinero, hubo desaparecido, el Zorro se abandonó a todos los excesos del furor. Se paseaba por la tienda, daba patadas en el suelo, golpeaba con el puño las paredes, gritaba, aunque entre dientes: 
—La primera vez, la primera vez que alguien me saca dinero. Y miren quién, esa imbécil de Gansa. Treinta y dos pesos por unas peonías artificiales que no valen más de cuarenta. Y todo por culpa de las abejas de bronce, malditas sean. La falta de instinto les hace cometer equivocaciones. Han confundido flores artificiales con flores naturales. Las otras jamás habrían caído en semejante error. Pero quién piensa en las otras. En fin, no todo es perfecto en esta vida. 
  Otro día, una abeja, al introducirse como una centella en la corola de una azucena, degolló a un Picaflor que se encontraba allí alimentándose. La sangre del pájaro tiñó de rojo la azucena. Pero como la abeja, insensible a olores y sabores, no atendía sino sus impulsos eléctricos, libó néctar y sangre, todo junto. Y la miel apareció después con un tono rosa que alarmó al Zorro. Felizmente su empleado le quitó la preocupación de encima. 
—Si yo fuese usted, Patrón —le dijo con su vocecita ronca y su aire de solterona—, la vendería como miel especial para niños. 
—¿Y si resultase venenosa? 
—En tan desdichada hipótesis yo estaría muerto, Patrón. 
—Ah, de modo que la ha probado. De modo que mis subalternos me roban la miel. ¿Y no me juró que la aborrecía? 
—Uno se sacrifica, y vean cómo le pagan —murmuró el Cuervo, poniendo cara de dignidad ultrajada—. La aborrezco, la aborreceré toda mi vida. Pero quise probarla para ver si era venenosa. Corrí el riesgo por usted. Ahora, si cree que he procedido mal, despídame, Patrón. 
  ¿Qué querían que hiciese el Zorro, sino seguir el consejo del Cuervo? Tuvo un gran éxito con la miel rosa especial para niños. La vendió íntegramente. Y nadie se quejó. (El único que pudo quejarse fue el Cerdo, a causa de ciertas veleidades poéticas que asaltaron por esos días a sus hijos. Pero ningún Cerdo que esté en su sano juicio es capaz de relacionar la extraña locura de hacer versos con un frasco de miel tinta en la sangre de un Picaflor.) 
  El Zorro se sintió a salvo. Pobre Zorro, ignoraba que sus tribulaciones iban a igualar a sus abejas. 
  Al cabo de unos días observó que los insectos tardaban cada vez más tiempo en regresar a las colmenas. 
  Una noche, encerrados en la tienda, él y el Cuervo consideraron aquel nuevo enigma. 
—¿Por qué tardan tanto? —decía el Zorro—. ¿A dónde diablos van? Ayer un enjambre demoró cinco horas en volver. La producción diaria, así, disminuye, y los gastos de electricidad aumentan. Además, esa miel rosa la tengo todavía atravesada en la garganta. A cada momento me pregunto: ¿Qué aparecerá hoy? ¿Miel verde? ¿Miel negra? ¿Miel azul? ¿Miel salada? 
—Accidentes como el de las peonías no se han repetido, Patrón. Y en cuanto a la miel rosa, no creo que tenga de qué quejarse. 
—Lo admito. Pero ¿y este misterio de las demoras? ¿Qué explicación le encuentra? 
—Ninguna. Salvo… 
—¿Salvo qué?
  El Cuervo cruzó gravemente las piernas, juntó las manos y miró hacia arriba. 
—Patrón —dijo, después de reflexionar unos instantes—. Salir y vigilar a las abejas no es fácil. Vuelan demasiado rápido. Nadie, o casi nadie, puede seguirlas. Pero yo conozco un pájaro que, si se le unta la mano, se ocuparía del caso. Y le doy mi palabra que no volvería sin haber averiguado la verdad. 
—¿Y quién es ese pájaro? 
—Un servidor. 
  El Zorro abrió la boca para cubrir de injurias al Cuervo, pero luego lo pensó mejor y optó por aceptar. Pues cualquier recurso era preferible a quedarse con los brazos cruzados, contemplando la progresiva e implacable disminución de las ganancias. 
  El Cuervo regresó muy tarde, jadeando como si hubiese vuelto volando desde la China. (El Zorro, de pronto, sospechó que todo era una farsa y que quizá su empleado conocía la verdad desde el primer día.) Su cara no hacía presagiar nada bueno. 
—Patrón —balbuceó—, no sé cómo decírselo. Pero las abejas tardan, y tardarán cada vez más, porque no hay flores en la comarca y deben ir a libarlas al extranjero. 
—Cómo que no hay flores en la comarca. ¿Qué tontería es esa? 
—Lo que oye, Patrón. Parece ser que las flores, después que las abejas les han sorbido el néctar, se doblan, se debilitan y se mueren. 
—¡Se mueren! ¿Y por qué se mueren? 
—No resisten la trompa de metal de las abejas. 
—¡Diablos! 
—Y no termina ahí la cosa. La planta, después que las abejas le asesinaron las flores…
—¡Asesinaron! ¡Le prohíbo que use esa palabra! 
—Digamos mataron. La planta, después que las abejas le mataron sus flores, se niega a florecer nuevamente. Consecuencia: en toda la comarca no hay más flores. ¿Qué me dice, Patrón? 
  El Zorro no decía nada. Nada. Estaba alelado. 
  Y lo peor es que el Cuervo no mentía. Las abejas artificiales habían devastado las flores del país. Entonces pasaron a los países vecinos, después a los más próximos, luego a los menos próximos, más tarde a los remotos y lejanos, y así, de país en país, dieron toda la vuelta al mundo y regresaron al punto de partida. 
  Ese día los Pájaros se sintieron invadidos de una extraña congoja, y no supieron por qué. Algunos, inexplicablemente, se suicidaron. El Ruiseñor quedó afónico y los colores del Petirrojo palidecieron. Se dice que, por ejemplo, los ríos dejaron de correr y las fuentes, de cantar. No sé. Lo único que sé es que, cuando las abejas de bronce, de país en país, dieron toda la vuelta al mundo, ya no hubo flores en el mundo, ya no hubo flores ni en el campo, ni en las ciudades, ni en los bosques. 
  Las abejas volvían de sus viajes, anidaban en sus alvéolos, se contorsionaban, hacían trie, trac, cruc, pero el Zorro no recogía ni una miserable gota de miel. Las abejas regresaban tan vacías como habían salido. 
  El Zorro se desesperó. Sus negocios se desmoronaron. Aguantó un tiempo gracias a sus reservas. Pero incluso estas reservas se agotaron. Debió despedir al Cuervo, cerrar la tienda, perder la clientela. 
  El único que no se resignaba era el Oso. 
—Zorro —vociferaba—, o me consigues miel o te levanto la tapa de los sesos. 
—Espere. Pasado mañana recibiré una partida del extranjero —le prometía el Zorro. Pero la partida del extranjero no llegaba nunca. 
  Hizo unas postreras tentativas. Envió enjambres en distintas direcciones. Todo inútil. El trie, trac, cruc como una burla, pero nada de miel. 
  Finalmente, una noche el Zorro desconectó todos los cables, destruyó el tablero dé control, enterró en un pozo las abejas de bronce, recogió sus dineros y al favor de las sombras huyó con rumbo desconocido. 
  Cuando iba a cruzar la frontera escuchó a sus espaldas unas risitas y unas vocecitas de vieja que lo llamaban. 
—¡Zorro! ¡Zorro! 
  Eran las arañas, que a la luz de la luna tejían sus telas prehistóricas.
  El Zorro les hizo una mueca obscena y se alejó a grandes pasos.Desde entonces nadie volvió a verlo jamás. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario